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Cuando Baco Resurge

Bueno, todo indica que nuestro turbuleno Valle de México por fin será liberado del intenso calor atípico de esta región del Altiplano Central. Ha sido terrible para mi. Físicamente pies hinchados, cansancio exponencial, sudor frenético y - he aquí lo más dramático -, pérdida de interés por el vino tinto. ¿Qué dijo usted? ¡En efecto! Lo crean ustedes o no, sin mayores preámbulos, y con la sinceridad del niño puro, que dijera García Lorca sobre las nanas españolas, que no conoce razones ni emociones formateadas por el añejamiento de la edad - o sea, por la maña de los años pues -. Para mi, y desde hace varias vidas creo, pensar que pienso sin vino entre mis sustantivos, verbos y adjetivos esenciales, es sinrazón. Empero el vino se antoja en el calor tropical lógico de Acapulco, en el humor asfixiante de los “creeks” del norte de Texas, o en los veranos mediterráneos, que aún todos con sus calores, pero tienen ritmo, lógica, están preparados en formas y técnicas, para que los vinos de grandes aromas y cuerpos hablen de boca a boca con el alma humana. En cambio nuestro muy noble Valle del Anáhuac no. Si de por sí es nuevo el vino en estas regiones del país, peor aún si se quiere pensar en climas con temperaturas extremas de 30 a 32oC para nosotros los naturales de estas latitudes, que simple y sencillamente no las resistimos, con casas y edificios contra terremotos, construcciones hechas para resistir el paso del tiempo, más aún si se las combina con metales de automóviles, concretos y piedras, tumultos de millones de individuos, malas caras y pocas cavas bien temperadas para defender a sus preciados griales, donde los cálices están bien vivos, pero más que cuidado, porque cualquier desbalance afecta y convierte en amoríos de pasión vengativa a los mostos y jugos tan maravillosos, que bien se pueden convertir en caldos mortalmente amargos.

Llevo entonces un mes, por ahí, que me he convertido en gran amigo de las cervezas, oscuras por favor, y de preferencia amargas, lo más que me dejen saborear el lúpulo maravilloso que me enmarca el temperamento de las lagers mexicanas, las XX ámbar, esas nuevas que deambulan a precios mayores, como las grand cru mexicanas, pero que vaya, justifican su precio en realce de colores y matices ámbares oscuros, con sabores dulzones y amargos, que deleitan bien al paladar, aunque nunca cubren el profundo luto por el desprecio temporal al que me obliga mi cuerpecito, frente a los temperamentos de los buenos finos, aquéllos de buena ley, los hay más o menos onerosos en cuanto a presupuestos.

Basándome en los pronósticos siempre agradables, nunca juiciosos ni mucho menos profesionales de una chica que sale en el noticiario matutino de Loret en TV, llegué a mi propia conclusión: Ya comienza la temporada de lluvias y justo este fin de semana. Es que ella dijo: jueves, y fin de semana soleados… Claro, comenzaron esa misma tarde truenos y tamborazos en el Olimpo, que anunciaban que el pariente cercano de aquéllos dioses, el nuestro Tlaloc, despertaba de su invierno de seis meses para comenzar a lanzar rayos, centellas y grandes capas de H2O en el gran Valle Tenochca.

Al tiempo de que esto ocurría y ante lo poco que en cavas alcanzan a cubrir los actuales presupuestos para adquirir grandes vinos millonarios, acudí a mis escasos tesoros guardados en vino, de los que apareció una tremenda botella que decidí lanzar a la prueba del paladar, de la nariz y de los colores. Con esmero cuidado la introduje a la hielera para bajarle ligeramente la temperatura. De ahí me esforcé para maltratarlo lo menos posible en un tremendo duelo con el corcho, que haciéndose polvo por los años de guarda, anunciaba el gran riesgo latente por movimeintos y andares de la vida, donde este noble vino me acompañó de sol a sol y en diferentes puntos cardinales de nuestra metrópolis, siempre bien embotellado, lo más que pude custodiado. Damas y caballeros, les presento a un Chateau Figeac, Premier Grand Crú Classé St Émillion 1989. O sea un gran cava de la región francesa de Saint Émillion. Miedo confieso, mucho miedo. ¿Habría pagado por un vino que al final se convertiría en desgracia de producto acaso amontillado, si no que amargura de ácido vencido por bacterias en plena descomposición? (La etiqueta mostraba un precio de 98 pesotes antiguos, antes de quitarle a la moneda los tres ceros de finales de los años ochenta del siglo XX).

Escancié cual se debe, recurrí a una coladora muy fina, limpísima para evitar contaminación, ya que el corcho se incorporó a salsear en polvo el preciado producto que a primera vista daba colores de sangre oscura.

Cual fue mi sorpresa que este tipo de monstruos de vinos aguantan y muy bien sostienen tiempos, traqueteos, temperaturas y estados de ánimo. ¿Por qué? ¿Es acaso la calidad misma del vino? ¿Es quizás el ambiente, la vibra que transmite el ambiente, el estado de ánimo en el que se procura vivir, aún frente a tantas vicisitudes? Vaya usted a saber. Lo cierto es que por fin se dejó golpear, se escuchó la caída del mosto preciado dentro de esa copa bien temperada de Bohemia, por demás decir que ella desprende sonidos tan claros, afinados y transaparentes, como si de un diapasón se tratara.

Colores rubíes, sangre de pichón, con aura en bordes de copa, ese temperamento blanco que destella al encontrarse frente a otra superficie, que da la sensación de descubrimiento de los secretos de las uvas que hacen a los grandes vinos, nacidas de aguas y tierras justas, para el tipo adecuado y específico de uvas.

A la nariz, ácido bueno, con algo de lavandas y silvestres secas, que anuncian buena dulzura pero bien formada, con curvas avainilladas. ninguna sorpresa en tratándose lógicamente de vinos que se guardan en barricas de roble blanco, que desprenden maravillosamente sudores avainillados, insisto, eso, naturales al roble.Acideces que avisan del temperamento fuerte del vino (¡Brujo! Es un Grand Crû) y de los contenidos de buen tanino.

Bien, hasta aquí todo dice que el vino sigue más que bien vivo. ¡Ja! Lo que es nacer de buena cepa. Así ocurre con nosotros los humanos. Cuando nacemos con buena leche y en cuna digna, se es tal hasta la muerte, frente a temporales y desgracias, maldades y resonancias negras. Al final los de baja estirpe, ni aunque crezcan en colonias añejas, dejan de ser lo que son, hierbas malas. Así es esto de los caldos y las almas.

Por fin llegué a boca y lengua. Papilas pendientes y prestas con prejuicios a encontrar defectos y desequilibrios. Nada de eso, todo lo contrario. El contacto con labios, papilas delanteras y traseras, todo combinó para convertirse en resumen en una explosión extraordinaria de sensaciones voluminosas, en un concierto de matices, texturas y definiciones cuidadosas de sabores con color, con ritmo musical que, al final, reciben una respuesta que recorre, desliza hacia el esófago y luego sí al estómago, donde el decreto final es simple: ¡Bienvenido! Es bueno, no hace daño, que buen ácido.

Si el ácido de nariz es de esos que levanta la nariz por el estímulo enorme que registra, a las papilas es equilibrado, muy agradable, bien respirado. Es ácido oxigenado, que se convierte en antesala de un buen ir y venir de registros de sabores. Curioso, no son finitos dichos temperamentos. Me explico. Hay vinos extraordinadrios que terminan por cansar, por saturar, que obligan a ser combinados, aún siendo - recontrainsisto -, vinos enormes. Este Grande San Emilión sigue en pie en boca, sin necesidad de llevar al pescuezo alimento alguno. Las tonalidades van y vienen en experiencias iridiscentes, donde cada golpe de copa se traduce en algo nuevo. Un poco más de pasa, algo de almendra (frutos secos pues, a no sea que por ahí ande quien me imagino que pudiera persistir en querer envenenarme. Ah las pasiones sin razón de ser y que nos convierten en sinrazones de humanidad).

CONCLUSIONES.- Este es un extraordinario vino. Parece que el 1985 es peor aún de bueno. Lo pueden conseguir por Internet en páginas de coleccionistas y cavas comerciales. Les van a sacar los ojos en precio, pero si son como yo, pero tienen otros bolsillos, quizá les alcance para tan buen espectáculo. Es un vino que recomiendo para conocedores, con capacidad de sensibilizar expresiones etílico-enológicas en sublimidades humanas que llevan a la poesía (¿Qué jalado? ¡Prueben este vinito! Si no lo comprenden, pues, ¡No sean nacos y no compren nada más porque tienen dinero! Aprendan a gozar de la vida, de las artes, de la pintura, de la música, de la literatura, lean en papel, no por Internet, coman como dioses y no como perros de las salvajes estepas de otros países norteamericanos. Tomen este vino y luego hablamos).

RECOMENDACIONES.- Pienso con este vino en un buen filete en salsa al vino tino y aderezada al tuétano. Para comenzar una ensalada verde con rebanadas de pato con trufas y una buena rebanada de foie gras pero a la parrilla, a que dore ambos lados, y con una vinagreta delicada que se les ocurra, por ejemplo a base de aceites con frutos silvestres. Si no lo tienen a mano, un bolillo con buena mantequilla (métanle ajo y hagan una mantequiliita de ajo pues). Luego hablamos.

MUY RECOMENDABLE.- Instrumente esta ceremonia tan especial con buena música. Poco y fácil: Bach(variaciones Goldberg), Blue Jazz, Tommy Dorsey, Glen Miller, Dan Costa, Ol’Blue Eyes, Berlin, Gershwins, ¡Guau! Cole Porter, y mejor si lo interpretan Aretha Franklin, y óptimo con Sinatra. Si les gusta pongan a Charles Aznavour o a Edith Piaf. Los admiro mucho, pero este vino no merece depresivos sino impulsores. Háganme recordar Campos Elíseos iluminados por las noches, Fouquet’s, así como el café del Plaza de NY o el salón de baile del Saint Regis, misma ciudad; acaso el gran clásico “La Grenouille”.

Hasta la próxima, Punto final. Corte y fuera.